por Rahel Hesse
Todo empezó con un mapa del mundo. Un país lejano consiguió capturar mi atención. Al cabo de dos años, lo visité por primera vez y supe de inmediato que ¡Dios me estaba enviando allí! Pero ¿a quién quería
llegar? ¿Los niños? ¿Los pobres? “No” – pensé. “Quiero llegar a las personas de influencia: maestros, empresarios, gobernantes…”.”
Al terminar la carrera de maestra en Zúrich, empecé a buscar una organización misionera y conocí Campus für Christus. Hablé con el director, Hanspeter Nüesch, y enseguida vi que ahí encajaría. Estuve trabajando durante un tiempo en el ministerio de campus suizo, para prepararme y finalmente, siete años después de mi primera visita, llegué a “la tierra de mis sueños” para quedarme por mucho tiempo. ¡Mongolia me tiene robado el corazón!
Al final de mi primer año en el país, el ministerio de maestros mongol me pidió que dirigiera un seminario para maestros. Después del mismo, supe que quería llegar a los maestros. En Mongolia son miembros de la sociedad de gran influencia. De hecho, al margen de la familia, el maestro es la persona más importante en la vida de un niño. Este ministerio intenta llegar a la sociedad a través de los maestros. También es la manera de hacer entrar los valores cristianos en las aulas de Mongolia.
Mongolia ha estado y sigue estando influida por el budismo, el chamanismo y el socialismo. Los cristianos no habían podido entrar a compartir el evangelio hasta que el país se abrió en el 1990. Sin embargo, desde entonces, Dios ha obrado grandemente en Mongolia. Ahí dónde hace dieciocho años tan solo se conocía a cinco cristianos, ahora sabemos de más de 20.000, así como de muchas iglesias.
Al hablar con los profesores de inglés, me sorprendió descubrir que muchos de ellos no podían mantener una conversación en inglés. De hecho, muchos de ellos tan solo podían pronunciar un par de frases. ¿Cómo podía ser que esos maestros supieran tan poco? La razón es que, hasta el 1990, el inglés solo se enseñaba en tres escuelas de la capital. Sin embargo, de la noche al día se había convertido en un idioma más importante que el ruso. Muchos profesores de ruso siguieron un curso de un año y se pasaron a enseñar inglés; ¡un idioma que no tiene en absoluto nada de común con el mongol! A día de hoy, muchos profesores de inglés jamás han tenido la oportunidad de aprenderlo bien.
Dándoles la oportunidad de hablar inglés y de aprender nuevas maneras de enseñar estamos cubriendo una gran necesidad. Y si encima compartimos el evangelio, cubrimos una necesidad todavía más profunda; la de amor, verdad y salvación.
Todo esto nos motive a organizar campamentos de inglés para maestros. En estos campamentos, un equipo de maestros suizos da clases de conversación por las mañanas, organiza juegos y talleres por las tardes y comparte el evangelio por las noches. “Me conmovieron las ganas de aprender de estos maestros, así como su gratitud” nos dice Christa, miembro del equipo suizo de este año. “Lo pasamos muy bien con los juegos lingüísticos y los maestros quería aprender nuevos métodos pedagógicos para usarlos con sus estudiantes”.
“La variedad de niveles entre los maestros sorprendió al equipo suizo” añade Tracy. “No nos podíamos imaginar el tenernos que poner ante una clase con tan poco conocimiento del material que íbamos a enseñar. Eso nos hizo valorar mucho más la educación básica recibida en Suiza, Alemania, el Reino Unido y los EEUU, así como nuestra propia formación en pedagogía.”
En nuestro primer campamento de hace un año, Ganaa y Enkhmaa conocieron a Cristo y en seguida empezaron a colaborar con el club de adolescentes de su escuela. También evangelizaron a otros maestros. Sus vidas cambiadas, sus nuevos valores y sus nuevas maneras de relacionarse con los alumnos y los colegas son todo un testimonio de nuestro Señor. Este año nos han ayudado en los campamentos, dirigiendo grupos pequeños y ayudando de corazón en todo lo que podían. ¡Esperemos que muchos otros mongoles como Enkhmaa y Ganaa conozcan a Cristo y la sociedad sea cambiada por el poder de nuestro gran Dios!
Hasta el ultimo nómada